Los años que pasé investigando y documentando los casos más
extraños que circulaban a lo largo y ancho de este mundo, me han llevado a
visitar los lugares más insólitos y desconcertantes que pudiera imaginarse.
Me pongo en contacto con usted únicamente por expreso deseo
de mi ayudante, el señor Hiaget, que no ha escatimado en elogios hacia usted.
Él asegura, que posee el tiempo y los medios para estudiar el caso que le
remito.
Por si no ha oído hablar de mí, comienzo transmitiéndole mi
más cordial saludo. Como bien sabrá por nuestro amigo en común, las últimas y
escalofriantes novedades sobre el caso “Tajemnica” han despertado el interés de
numerosos científicos e investigadores de renombre.
Mi humilde persona, lleva casi diez años desplazándose a los
escenarios más dantescos para realizar investigaciones paralelas mediante
“métodos alternativos”. Espero que no desestime la documentación que le adjunto
y no me juzgue precipitadamente.
No creo necesario enumerarle los aspectos por lo que el caso
“Tajemnica” será seguramente archivado como un caso sin resolver. Pero mi
experiencia me lleva demostrando demasiado tiempo, que no todo lo que sucede
puede explicarse debidamente mediante la comprensión humana tradicional.
Si presta atención a la palabra que encabeza las pesquisas de
la policía: “Slowa”, podrá pensar, al igual que ellos, que puede tratarse de la
marca personal de alguna secta, pero déjeme advertirle inmediatamente que están
todos equivocados. El error que han cometido es plantear el caso a nivel
estatal, cuando el realidad –y he aquí la gravedad del asunto- se trata de algo
mucho más grande y mucho más transcendente.
Durante casi tres años, he estado persiguiendo
–literalmente-, lo que parecía ser para todas las autoridades de cada país, a
una especie de asesino en serie (más parecido a una epidemia que a un simple
hombre por el rastro de muerte que fue causando). Insistí por aquel entonces,
como me he esforzado ahora, en que considerasen estudiar la posibilidad de que
el culpable pudiese estar cruzando fronteras mientras causa el rastro de
muerte. Pero no me hicieron caso, y durante esos años recorrí toda Sudamérica
siguiendo la pista de una palabra. Me he expresado bien, de una simple palabra.
Pero lo particular de esta palabra era que siempre aparecía en los escenarios
de las matanzas más indescriptibles.
Como puede suponer, me crucé con explicaciones de toda clase.
En el pueblo de Tamshiyacu (al norte de Perú), los habitantes aseguraban que el
causante de la muerte y desmembramiento de, nada menos, que doce personas había
sido una extraña criatura surgida de la selva.
En una aldea cercana a la ciudad de Coari (Brasil),
desaparecieron veintidós nativos una noche. Sus familiares, junto con algunos
miembros de la policía local, los estuvieron buscando durante cuatro días hasta
que una tarde, al regresar por el mismo sendero por donde se habían adentrado
esa misma mañana, los encontraron. Algunos estaban colgados de los árboles,
despellejados y mutilados como jamás podría imaginarse la mente humana. Pendían
de las ramas; algunos de los pies, del cuello o del pecho.
El trágico suceso quedó archivado al poco tiempo. No se pudo
hallar culpable (o culpables) de tan semejante barbarie. Pero cuando acudí para
interrogar a las personas que presenciaron tal aterradora imagen, no pude
evitar reparar en diversos detalles. Primero: como era de esperar, no existía
criatura alguna capaz de cometer semejante matanza (el número de víctimas, la
forma de empalar los cuerpos y de arrancarles la piel y los músculos del
cuerpo). Segundo: no había rastro alguno de sangre ni de otro tipo de indicios
que me llevaran a pensar en algún grupo de salvajes o perturbados que hubieran
querido realizar alguna especie de primitivo ritual. Y tercero (y más relevante
para el tema que nos concierne): tanto en la corteza de algunos árboles como en
los propios huesos de las víctimas, se había tallado con sumo cuidado la
palabra “Mah’rra”.
Cuando reparé en estos datos, fue inevitable que preguntase
si aquella extraña palabra significaba algo en el dialecto local. El jefe de
policía de la ciudad de Coari no supo responderme, pero me aseguró que el
término se asemejaba bastante con los dialectos más antiguos que aún se
conservaban por unos pocos ancianos de las aldeas de la selva profunda.
Mi siguiente viaje, a los escasos meses de hacer escala en
“Säo Luís”, me llevó hasta la provincia de Tabora, en Tanzania. “Igombe Dam”,
un pequeño lago de la región, amaneció un buen día cubierto por completo de
cadáveres. Si usted cree que con esta expresión exagero, o que gusto de
magnificar los acontecimientos de mis investigaciones, le diré sencillamente
que cuando llegué a la zona, aún seguían retirando los cuerpos del lago. No es
necesario que me recree en explicarle las horribles pesadillas que padecí
durante las semanas posteriores a mi visita a Tabora.
Para este acontecimiento necesité una semana, durante la cual
recorrí las aldeas de la zona, casi una docena de éstas habían quedado
prácticamente diezmadas de la noche a la mañana. Centenares de seres humanos
habían sido arrancados de sus hogares durante la noche, se les había sacado los
órganos por la boca, y esparcido absolutamente todo por la superficie del lago.
Ante la grave situación que vivía la provincia, me cuidé
mucho de realizar mis investigaciones de la forma más discreta posible. Como sé
por mi colega que es usted un hombre enormemente culto, sabrá la fuerte
superstición que tiene la población de estas zonas de África. La mitad de las
aldeas achacaban lo sucedido a espíritus malignos, ancestrales y devoradores de
almas. La policía en cambio (y como yo bien esperaba) mantuvo desde el
principio la teoría de las guerras tribales. Algo que convenció tanto a la
presa estatal como internacional (acostumbrada por desgracia a incontables
matanzas en este continente).
Me tomé mi tiempo para recopilar testimonios, tanto de los
familiares de las doce aldeas, como de los primeros testigos que hallaron el
grotesco lago. Y fue entonces cuando puede atar cabos.
Le enumeraré los detalles que me hicieron vincular los
sucesos de Sudamérica con los de Coari. Primero: ninguna aldea había quedado
completamente vacía (descarté inicialmente las guerras tribales pues no tenía
sentido arrasar un poblado dejando un tercio de la población). Segundo: las
víctimas parecían haber sido escogidas de forma aleatoria (niños, ancianos y
adultos), hubo casos en los que dentro de una misma choza, sólo habían sido
“escogidos” uno o dos miembros de la familia (incluso matrimonios que
amanecieron sin su pareja en cama). Tercero: la distancia de los poblados con
respecto al lago convertía en una empresa imposible la idea de que ninguna
guerrilla hubiese podido secuestrar, mutilar de esa forma, y arrojar al lago a
tal cantidad de personas. ¡En una sola noche! Y cuarto (y más espeluznante):
todos los órganos que se pudieron sacar el lago tenían marcado, como si de una
res se trataste, la palabra “Mah’rra”. Por si no me he explicado con claridad,
le estoy asegurando que corazones, riñones, hígados… que todo estaba marcado a
fuego con la misma palabra.
Los últimos dos días los dedique a regresar a las aldeas
preguntando por el significado de la palabra. Solo obtuve dos respuestas. El
profesor de un pequeño colegio me explicó las similitudes que tenía con los
fonemas de los dialectos de la zona. Y me animó a que visitará a uno de los
ancianos del poblado más cercano. El hombre sólo alcanzó a describirme un
concepto similar que aún perduraba en su lengua materna, pero al traductor que
venía conmigo le costó transcribirme de forma comprensible lo que había
expresado el anciano: algo así como “nombre”, “identidad”, “seña”, “huella”,
“marca”, “PALABRA”.
A estas alturas comprenderá por qué me he puesto en contacto
con usted de forma tan urgente. Pues el caso que actualmente nos concierne, las
desapariciones de “Lódz” en Polonia, ha impactado en la sociedad occidental
como era de esperar. La palabra “Slowa” se encuentra tallada en cada puerta de
los cientos de hogares que ayer amanecieron vacios, miles de personas, de una
noche…
Si ha prestado atención a todo cuanto le he relatado en esta
carta, comprenderá el temor que no me deja dormir. Existe un posible vínculo
entre los casos que llevo estudiando estos últimos tres años, y a saber hasta
cuando se remontan los sucesos parecidos, todos marcados con el fonema o
término “Mah’rra”.
Tenga presente que en cualquier momento, esas miles de
personas van a volver a aparecer, de una forma u otra. Y usted y yo sabemos que
nuestra sociedad, así como nuestra mente racional, no está preparada para
soportar lo que se nos va a mostrar con ello.
Espero impaciente su respuesta y su valoración sobre mis
descubrimientos.
Atentamente,
Norman Philips Grecko
14 de noviembre de 1889.