miércoles, 22 de enero de 2014

Identidad atemporal


Me absorbe tu melodía, oh musa,
tu danza en mis oídos.
Quisiera arrancarme los versos que no logro escribir,
por ello persigo tus notas, hasta alcanzar tu abrazo
y en rápidos giros esperar el despertar del trance
en que nos hemos sumergido.

Sueños rotos, melodía muerta,
todo es gris y amargo...
Mis manos escribieron una vez.
Lejos estaban de vivir mis días
y los que aún están por llegar.
No logro vivir el presente y
paso las horas ausente,
esperando otro encuentro,
que me embriague de nuevo la emoción.
Un aroma perturbador incrustado en mis sueños,
en las sábanas y en mi pecho.

Qué anhelo mas absurdo y qué inocente sensación.
Me encuentro tan cómodo hundiendo mis dedos entre tu pelo.
Me veo ahí tumbado y olvido el pasado,
cuando la melodía era otra y parecía mas duro vivir.
Soy más consciente, ahora lo sé,
Más dispuesto a sobrellevar el presente,
pero tú me lo arrebatas, y por ello,
carece de importancia.
Tómalo si lo quieres, pues sé que vivimos
con el mismo ritmo y respiramos al mismo compás.

No es tarde para otro pellizco furtivo
que me haga despertar,
y ponga fin a estos delirios.
Sé que no voy a perderme, enterrado en poesía
que nunca logré dominar.
Ahora soy más consciente de cómo suena la vida,
No quiero perderte, cambiarte ni encadenarte.

No obtengo respuesta, pues es lo que ocurre
cuando hablas con tu propia mente.

sábado, 18 de enero de 2014

Huesos y cruces rotas.


Ellos arrastraron su manto de muerte hasta los lugares más recónditos de la Tierra. Llevaron la sombra de sus miedos, sus furias, sus fantasmas y sus perversiones. Avanzaron deprisa huyendo de algo, puede que de la ira de su dios, puede que del castigo de sus amos...
Huesos y cruces rotas a su paso, y sólo la miseria que deja la fe ciega, incomprendida e impuesta...

Aniquilaron sus costumbres y sus credos. Violaron la naturaleza y su amor por ella, pues sólo eran hijos de la tierra y únicamente a ésta le debían pleitesía.
Les envenenaron con el pudor, la caridad, la gracia y el sino.

Pero sus dioses paganos, cuyos ídolos que no eran más que reflejos humanos, juraron venganza. Abandonaron la desnudez para, algún día, reclamar las almas de aquellos iluminados como pago por las mentiras, la oscuridad, las matanzas y la envidia.

viernes, 17 de enero de 2014

Siniestro abrazo de muerte.


Creímos enterrar la locura, y cuántos años han pasado desde que estamos inmersos en otro nuevo espejismo, en otro nuevo abrazo. Hemos vivido olvidando la ilusión del tiempo. Ya nunca más volverá el silencio, ni nos miraremos fijamente a los ojos perdidos en éste asombroso vacío. Ahora sólo nos rodean notas con distinta melodía.
Sólo quedan nuestros cuerpos petrificados y expuestos a un fuego anaranjado que avanza desde el horizonte devorándolo todo. Apenas hemos contenido el aliento, para escuchar por última vez nuestro corazón muerto, cuando se nos arrebata la pasión, la piel y el llanto, en éste cálido manto.
Nunca imaginé éste final para ambos. Y mientras lo pienso se me incrusta un fuerte ardor en las cuencas de los ojos, evaporados… vacíos.
La explosión nos fulmina en el acto y ya hemos perecido antes de ver cómo ardía el mundo.
Sólo quedan nuestros cuerpos petrificados y expuestos a una tenue luz anaranjada que se va y se pierde a nuestras espaldas. Hemos espantado el temor y la esperanza. Se han marchado con el fuego y ahora se asientan a nuestro alrededor, junto con las demás cenizas del universo.
Apenas retengo éste extraño pensamiento mientras intento escuchar nuestro corazón muerto.
Nunca imaginé éste final para ambos.

Unidos para siempre con un siniestro abrazo de muerte.

“Mah’rra”


Los años que pasé investigando y documentando los casos más extraños que circulaban a lo largo y ancho de este mundo, me han llevado a visitar los lugares más insólitos y desconcertantes que pudiera imaginarse.
Me pongo en contacto con usted únicamente por expreso deseo de mi ayudante, el señor Hiaget, que no ha escatimado en elogios hacia usted. Él asegura, que posee el tiempo y los medios para estudiar el caso que le remito.

Por si no ha oído hablar de mí, comienzo transmitiéndole mi más cordial saludo. Como bien sabrá por nuestro amigo en común, las últimas y escalofriantes novedades sobre el caso “Tajemnica” han despertado el interés de numerosos científicos e investigadores de renombre.

Mi humilde persona, lleva casi diez años desplazándose a los escenarios más dantescos para realizar investigaciones paralelas mediante “métodos alternativos”. Espero que no desestime la documentación que le adjunto y no me juzgue precipitadamente.
No creo necesario enumerarle los aspectos por lo que el caso “Tajemnica” será seguramente archivado como un caso sin resolver. Pero mi experiencia me lleva demostrando demasiado tiempo, que no todo lo que sucede puede explicarse debidamente mediante la comprensión humana tradicional.
Si presta atención a la palabra que encabeza las pesquisas de la policía: “Slowa”, podrá pensar, al igual que ellos, que puede tratarse de la marca personal de alguna secta, pero déjeme advertirle inmediatamente que están todos equivocados. El error que han cometido es plantear el caso a nivel estatal, cuando el realidad –y he aquí la gravedad del asunto- se trata de algo mucho más grande y mucho más transcendente.

Durante casi tres años, he estado persiguiendo –literalmente-, lo que parecía ser para todas las autoridades de cada país, a una especie de asesino en serie (más parecido a una epidemia que a un simple hombre por el rastro de muerte que fue causando). Insistí por aquel entonces, como me he esforzado ahora, en que considerasen estudiar la posibilidad de que el culpable pudiese estar cruzando fronteras mientras causa el rastro de muerte. Pero no me hicieron caso, y durante esos años recorrí toda Sudamérica siguiendo la pista de una palabra. Me he expresado bien, de una simple palabra. Pero lo particular de esta palabra era que siempre aparecía en los escenarios de las matanzas más indescriptibles.

Como puede suponer, me crucé con explicaciones de toda clase. En el pueblo de Tamshiyacu (al norte de Perú), los habitantes aseguraban que el causante de la muerte y desmembramiento de, nada menos, que doce personas había sido una extraña criatura surgida de la selva.
En una aldea cercana a la ciudad de Coari (Brasil), desaparecieron veintidós nativos una noche. Sus familiares, junto con algunos miembros de la policía local, los estuvieron buscando durante cuatro días hasta que una tarde, al regresar por el mismo sendero por donde se habían adentrado esa misma mañana, los encontraron. Algunos estaban colgados de los árboles, despellejados y mutilados como jamás podría imaginarse la mente humana. Pendían de las ramas; algunos de los pies, del cuello o del pecho.
El trágico suceso quedó archivado al poco tiempo. No se pudo hallar culpable (o culpables) de tan semejante barbarie. Pero cuando acudí para interrogar a las personas que presenciaron tal aterradora imagen, no pude evitar reparar en diversos detalles. Primero: como era de esperar, no existía criatura alguna capaz de cometer semejante matanza (el número de víctimas, la forma de empalar los cuerpos y de arrancarles la piel y los músculos del cuerpo). Segundo: no había rastro alguno de sangre ni de otro tipo de indicios que me llevaran a pensar en algún grupo de salvajes o perturbados que hubieran querido realizar alguna especie de primitivo ritual. Y tercero (y más relevante para el tema que nos concierne): tanto en la corteza de algunos árboles como en los propios huesos de las víctimas, se había tallado con sumo cuidado la palabra “Mah’rra”.
Cuando reparé en estos datos, fue inevitable que preguntase si aquella extraña palabra significaba algo en el dialecto local. El jefe de policía de la ciudad de Coari no supo responderme, pero me aseguró que el término se asemejaba bastante con los dialectos más antiguos que aún se conservaban por unos pocos ancianos de las aldeas de la selva profunda.

Mi siguiente viaje, a los escasos meses de hacer escala en “Säo Luís”, me llevó hasta la provincia de Tabora, en Tanzania. “Igombe Dam”, un pequeño lago de la región, amaneció un buen día cubierto por completo de cadáveres. Si usted cree que con esta expresión exagero, o que gusto de magnificar los acontecimientos de mis investigaciones, le diré sencillamente que cuando llegué a la zona, aún seguían retirando los cuerpos del lago. No es necesario que me recree en explicarle las horribles pesadillas que padecí durante las semanas posteriores a mi visita a Tabora.
Para este acontecimiento necesité una semana, durante la cual recorrí las aldeas de la zona, casi una docena de éstas habían quedado prácticamente diezmadas de la noche a la mañana. Centenares de seres humanos habían sido arrancados de sus hogares durante la noche, se les había sacado los órganos por la boca, y esparcido absolutamente todo por la superficie del lago.
Ante la grave situación que vivía la provincia, me cuidé mucho de realizar mis investigaciones de la forma más discreta posible. Como sé por mi colega que es usted un hombre enormemente culto, sabrá la fuerte superstición que tiene la población de estas zonas de África. La mitad de las aldeas achacaban lo sucedido a espíritus malignos, ancestrales y devoradores de almas. La policía en cambio (y como yo bien esperaba) mantuvo desde el principio la teoría de las guerras tribales. Algo que convenció tanto a la presa estatal como internacional (acostumbrada por desgracia a incontables matanzas en este continente).
Me tomé mi tiempo para recopilar testimonios, tanto de los familiares de las doce aldeas, como de los primeros testigos que hallaron el grotesco lago. Y fue entonces cuando puede atar cabos.
Le enumeraré los detalles que me hicieron vincular los sucesos de Sudamérica con los de Coari. Primero: ninguna aldea había quedado completamente vacía (descarté inicialmente las guerras tribales pues no tenía sentido arrasar un poblado dejando un tercio de la población). Segundo: las víctimas parecían haber sido escogidas de forma aleatoria (niños, ancianos y adultos), hubo casos en los que dentro de una misma choza, sólo habían sido “escogidos” uno o dos miembros de la familia (incluso matrimonios que amanecieron sin su pareja en cama). Tercero: la distancia de los poblados con respecto al lago convertía en una empresa imposible la idea de que ninguna guerrilla hubiese podido secuestrar, mutilar de esa forma, y arrojar al lago a tal cantidad de personas. ¡En una sola noche! Y cuarto (y más espeluznante): todos los órganos que se pudieron sacar el lago tenían marcado, como si de una res se trataste, la palabra “Mah’rra”. Por si no me he explicado con claridad, le estoy asegurando que corazones, riñones, hígados… que todo estaba marcado a fuego con la misma palabra.
Los últimos dos días los dedique a regresar a las aldeas preguntando por el significado de la palabra. Solo obtuve dos respuestas. El profesor de un pequeño colegio me explicó las similitudes que tenía con los fonemas de los dialectos de la zona. Y me animó a que visitará a uno de los ancianos del poblado más cercano. El hombre sólo alcanzó a describirme un concepto similar que aún perduraba en su lengua materna, pero al traductor que venía conmigo le costó transcribirme de forma comprensible lo que había expresado el anciano: algo así como “nombre”, “identidad”, “seña”, “huella”, “marca”, “PALABRA”.
A estas alturas comprenderá por qué me he puesto en contacto con usted de forma tan urgente. Pues el caso que actualmente nos concierne, las desapariciones de “Lódz” en Polonia, ha impactado en la sociedad occidental como era de esperar. La palabra “Slowa” se encuentra tallada en cada puerta de los cientos de hogares que ayer amanecieron vacios, miles de personas, de una noche…

Si ha prestado atención a todo cuanto le he relatado en esta carta, comprenderá el temor que no me deja dormir. Existe un posible vínculo entre los casos que llevo estudiando estos últimos tres años, y a saber hasta cuando se remontan los sucesos parecidos, todos marcados con el fonema o término “Mah’rra”.
Tenga presente que en cualquier momento, esas miles de personas van a volver a aparecer, de una forma u otra. Y usted y yo sabemos que nuestra sociedad, así como nuestra mente racional, no está preparada para soportar lo que se nos va a mostrar con ello.

Espero impaciente su respuesta y su valoración sobre mis descubrimientos.

Atentamente,
Norman Philips Grecko
14 de noviembre de 1889.