Creímos enterrar la locura, y cuántos años
han pasado desde que estamos inmersos en otro nuevo espejismo, en otro nuevo
abrazo. Hemos vivido olvidando la ilusión del tiempo. Ya nunca más volverá el
silencio, ni nos miraremos fijamente a los ojos perdidos en éste asombroso
vacío. Ahora sólo nos rodean notas con distinta melodía.
Sólo quedan nuestros cuerpos petrificados
y expuestos a un fuego anaranjado que avanza desde el horizonte devorándolo
todo. Apenas hemos contenido el aliento, para escuchar por última vez nuestro
corazón muerto, cuando se nos arrebata la pasión, la piel y el llanto, en éste
cálido manto.
Nunca imaginé éste final para ambos. Y
mientras lo pienso se me incrusta un fuerte ardor en las cuencas de los ojos,
evaporados… vacíos.
La explosión nos fulmina en el acto y ya
hemos perecido antes de ver cómo ardía el mundo.
Sólo quedan nuestros cuerpos petrificados
y expuestos a una tenue luz anaranjada que se va y se pierde a nuestras
espaldas. Hemos espantado el temor y la esperanza. Se han marchado con el fuego
y ahora se asientan a nuestro alrededor, junto con las demás cenizas del
universo.
Apenas retengo éste extraño pensamiento
mientras intento escuchar nuestro corazón muerto.
Nunca imaginé éste final para ambos.
Unidos para siempre con un siniestro
abrazo de muerte.

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